miércoles, julio 12, 2006

Hemos experimentado de todo y no pasa nada

"Nuestra juventud es heredera de un fracaso nacional"II PARTE

Cada persona que escribe en este blog es responsable de lo que afirma. Respecto a las opiniones vertidas por el señor Pérez Baltodano en este artículo, se puede decir que tal fenómeno también ocurre en otros países del Itsmo centroamericano, la sociedad fracasada en la que vivimos no solo se respira en Nicaragua, es un fenómeno que habita sin darnos cuenta en otros países, socializado también en la cultura del fracaso por las chorradas de basura corrupta de sus gobiernos.

No es cristiana una sociedad que llora viendo “La Pasión” de Mel Gibson y a la salida del cine no llora ante los chavalitos que estuvieron cuidándole el carro durante horas.

Andrés Pérez Baltodano

Somos el segundo país más desnutrido del continente americano, a pesar de que somos un país dotado de abundantes tierras fértiles y de que nuestra población es pequeña para el tamaño de nuestro territorio. Somos uno de los países más corruptos del mundo, de acuerdo a las estimaciones de la organización Transparencia Internacional. Somos de los primeros en las estadísticas mundiales en cuanto a embarazo juvenil. En un estudio reciente se documenta que más del 45% de nuestras adolescentes ya son madres, están embarazadas o lo han estado alguna vez. ¿Y qué decir de la educación primaria y secundaria? De acuerdo a algunas estimaciones, 800 mil niños quedaron este año sin recibir educación en nuestras pobres escuelas.

Algunos piensan que fueron aún más. Y ésta es una estadística optimista, porque se asume que los que lograron registrarse en las escuelas van a recibir una educación apropiada de nuestros maestros y maestras, que ganan mensualmente el equivalente de una de las botellas de whisky que compran los que pueden consumir whisky en Nicaragua.

Hemos fracasado a pesar de que hemos experimentado con modelos socialistas, con dictaduras militares, con neoliberalismos de tonos variados, con gobiernos conservadores, con gobiernos liberales. Hemos experimentado de todo y no pasa nada. Después de casi doscientos años de vida nacional independiente nuestra Costa Caribe sigue casi tan aislada como en el momento en que arrancó nuestra aventura nacional. Y ni siquiera hemos sido capaces de reconstruir la Managua que destruyó el terremoto de 1972.

Repito: ustedes, los jóvenes y las jóvenes de este país, son los herederos de un fracaso nacional construido a lo largo de los casi doscientos años de vida independiente. Ser joven en Nicaragua significa ser el heredero o la heredera de una sociedad en donde las instituciones nacionales funcionan como guaridas de delincuentes encorbatados, y en donde los principales partidos políticos funcionan como pandillas. Y que me perdonen Los Nanciteros, Los Comemuertos, Los Power Rangers y Los Mataperros. Que me perdonen, porque esas pandillas son más consistentes, tienen valores, principios y objetivos más claros y conocen mejor lo que quieren hacer que la mayoría de nuestros llamados partidos políticos.

Ser joven en Nicaragua significa ser el heredero de un país que para mantener la economía nacional tiene que exportar nicaragüenses. Expulsamos a los nicaragüenses de su patria placenta y después contabilizamos el valor en dólares de las remesas que mandan, pero no contabilizamos el dolor de las madres que se separan de sus hijos para sobrevivir ni contabilizamos la indignidad en la que viven los miles y miles que sostienen esa ficción que es nuestra economía.

Ser joven en Nicaragua significa ser el heredero o la heredera de todas estas tragedias nacionales, de esta sociedad fracasada. Pero hay algo más: ser joven en Nicaragua significa haber sido habituado al fracaso, haber sido socializado en el fracaso. La socialización es el proceso mediante el cual los individuos que pertenecen a una sociedad internalizan, interiorizan, un conjunto de valores, principios y formas de percibir y vivir la realidad. Nos socializamos a través de nuestra participación en la vida institucional de nuestro país. Nos socializamos dentro de nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestros partidos, en nuestras iglesias. Esas instituciones son maquinarias socializantes y, al mismo tiempo, son sistemas de hábitos y rutinas socializadas.

Nosotros, gente como yo, las generaciones que creamos las instituciones nicaragüenses, quienes creamos el modelo o los modelos de familia que imperan en nuestro país, los que forjamos el desastroso sistema educacional de Nicaragua, los que construimos el andamiaje político y legal de Nicaragua, les heredamos a ustedes, los jóvenes, nuestros hábitos, nuestros valores y nuestra cultura política. A ustedes los socializamos dentro de las instituciones que construimos a lo largo de nuestra historia haciéndoles cantar, rezar y declamar mentiras.

Les hemos hecho cantar un himno nacional que dice “ya no ruge la voz del cañón” en un país marcado por la constante de la guerra. En la última guerra, la de los años 80, perdieron la vida decenas de miles de jóvenes como ustedes. Esto significa que a muchos de ustedes los hicimos nacer en un cementerio. Y hasta la fecha, nadie ha pedido perdón o ha asumido la responsabilidad por esa desgracia. Les hicimos cantar un himno nacional que dice que “el trabajo es nuestro digno laurel” en un país que es el reino del desempleo. Les hacemos cantar un himno que dice que el “honor es nuestra enseña triunfal” en un país en donde el robo ha llegado a convertirse en un hábito nacional.

La generación que yo represento y las generaciones de las que yo fui heredero les hicimos creer a ustedes que somos un país mariano, a pesar de la violencia y los abusos permanentes que sufren las mujeres nicaragüenses todos los días. Y les enseñamos a llamarse darianos en un país que ha vivido una guerra intensa y prolongada contra la educación y la cultura. Darianos en un país en el que rehuímos la abstracción y la reflexión. A ustedes les hicimos declamar aquello de que “si la patria es pequeña uno grande la sueña”, en un país en donde los gobiernos negocian tratados internacionales bajo el lema de que si la patria es pequeña… uno en grande la empeña. Les hemos hecho repetir mentiras, hasta habituarlos a ellas.

Si aceptamos que somos entes socializados, y si es cierto que ustedes han sido criados en la mentira, tendríamos que aceptar que en cada uno de ustedes está presente el germen del fracaso, la costumbre del fracaso, la capacidad de vivir dentro del fracaso, y hasta la habilidad para ni siquiera ser capaces de reconocer que hemos fracasado. Por eso, me van a perdonar lo que voy a decirles: yo no comparto la esperanza que muchos tienen en la juventud.

Se oye mucho decir: La juventud nos va a sacar de esto. Es posible. Pero eso no es una certidumbre, no es una certeza. Porque en ustedes habita el germen del fracaso y ya fueron socializados en la cultura del fracaso.

Los años no dicen nada. La edad no significa nada. Arnoldo Alemán fue joven alguna vez. Y Daniel Ortega fue un muchacho con ambiciones nobles en algún momento de su vida. Y Byron Jerez fue compañero mío, y lo recuerdo de niño, sentado en un pupitre del Colegio Calasanz, un gordito bueno y simpático que terminó siendo lo que es ahora. Todos ellos -yo también- terminamos encarnando y reproduciendo la cultura del fracaso que nos ha llevado al punto en donde nos encontramos hoy.

Hablar de la existencia de una cultura del fracaso en nuestro país es sugerir que los valores que orientan nuestra conducta y nuestras acciones son, en gran medida, responsables del desastre nacional en que nos encontramos.

Hablar de una cultura del fracaso es sugerir que el hambre, la desnutrición, el desempleo y todas las otras manifestaciones objetivas de nuestra desgracia nacional, tienen una causa subjetiva. Nuestra cultura, nuestros valores, son también fuerzas causales de nuestras miserias objetivas. Y no digo que nuestros valores sean la única causa de nuestra miseria. No defiendo una explicación subjetivista de la historia. Simplemente trato de señalar que la cultura es una fuerza causal en el desarrollo de los pueblos. Trato de señalar que si queremos salir del empantanamiento material y moral en que vivimos, tenemos que ponernos frente al espejo para analizar críticamente por qué somos como somos.

Desdichadamente, las principales explicaciones de nuestra historia nacional han privilegiado la dimensión objetiva de nuestros problemas. Como estudiosos de nuestra realidad histórica nacional, hemos visto hacia afuera, buscando en la realidad exterior las causas y las razones de nuestro fracaso. No nos hemos visto en el espejo. Y por eso hemos identificado como causas de nuestros desastres el choque de civilizaciones que se dio a partir de 1492, las divisiones étnicas y raciales heredadas de la Colonia, la especial pobreza de la región centroamericana dentro del esquema colonial español en América y la más especial pobreza de Nicaragua dentro de Centroamérica, el papel jugado por Nicaragua como exportadora de esclavos durante la consolidación del poder colonial en América, las relaciones de dependencia dentro de las cuales se constituyó el Estado nacional nicaragüense cuando alcanzamos la independencia de España, el capitalismo, el imperialismo y otras. Ciertamente, todas esas causas son válidas, todas tienen que ver con nuestro desarrollo. No hay duda de que todos estos factores objetivos tienen que tomarse en consideración para explicar por qué estamos como estamos y por qué somos como somos.

Sin embargo, el atraso brutal que padecemos, y al que nos hemos acostumbrado, el fracaso que les hemos heredado a ustedes, los jóvenes, no puede explicarse simplemente, solamente, a partir de estos obstáculos objetivos. La historia está llena de ejemplos que demuestran cómo otros países han enfrentado obstáculos similares o aún mayores. Europa enfrentó obstáculos objetivos de gran envergadura y la modernidad, las instituciones modernas del Estado y de la democracia, surgieron precisamente como respuesta a esos obstáculos históricos enormes, especialmente a los que se les presentaron a los europeos a partir de mediados del siglo XVI. Obstáculos tan gigantescos como el enorme poder y la orientación profundamente antidemocrática de la Iglesia Católica durante la Edad Media europea. O como la cultura de la resignación que dominó a la Europa medieval. Obstáculos enormes como las pestes o la desarticulación y fragmentación territorial de Europa. Y fue precisamente a partir de esas enormes crisis que enfrentó Europa, especialmente a partir del siglo XVI, que surgió lo que conocemos como la modernidad y el pensamiento político moderno.

La modernidad no fue un regalo del cielo ni llegó fácilmente. El Estado de derecho, la democracia, los derechos ciudadanos que se consolidaron en Europa surgieron como respuesta a problemas objetivos enormes. El ordenamiento de la modernidad europea no nació en un momento de paz, sino en una gran crisis. Y es en esa crisis cuando surgió un pensamiento político, una visión del poder y de la historia, que logró desarrollar la capacidad para condicionar, para domesticar y para superar los efectos negativos generados por todos esos obstáculos objetivos. Así pues, la existencia de obstáculos objetivos en Nicaragua, como son nuestra condición de sociedad conquistada y colonizada o la plaga del imperialismo que hemos sufrido, no puede ser utilizada como explicación de nuestro atraso, porque todas las sociedades del mundo, incluyendo las más exitosas actualmente, han enfrentado también enormes obstáculos objetivos para desarrollarse.

No quiero decir que Europa sea un modelo a seguir. Digo, simplemente, que no es correcto afirmar que los problemas objetivos que hemos enfrentado explican toda la miseria en que vivimos. Nuestro fracaso nacional tiene como una de sus principales causas nuestra incapacidad para enfrentar y superar nuestros problemas. Cualquier explicación que se haga del fracaso político nacional que vivimos tiene que incluir un análisis de la manera en la que nosotros los nicaragüenses hemos enfrentado nuestra historia, un análisis de cómo hemos pensado el poder, la historia y nuestro papel en la historia.

¿Y cómo lo hemos pensado? ¿Cómo hemos enfrentado los nicaragüenses los obstáculos de nuestra historia? En mi trabajo he tratado de responder estas preguntas señalando que lo hemos hecho con una visión “pragmática resignada” del mundo y de la historia. El “pragmatismo resignado” es un concepto que empleo para explicar nuestra visión de la historia y de nuestro papel en la historia.

El “pragmatismo resignado” es un pensamiento, una cultura, que nos empuja a adaptarnos a la realidad y a aceptarla tal cual es. Así, el pensamiento pragmático resignado no tiene voluntad transformadora. Con ese pensamiento no somos capaces de escandalizarnos ante la realidad que vivimos para transformarla. Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, uno de los gobernantes del período de los Treinta Años de gobiernos conservadores en la segunda mitad del siglo XIX, sintetizó mejor que nadie, la esencia del pragmatismo resignado nicaragüense cuando decía: “El buen político es aquel que sabe atemperarse a las circunstancias”. Nicaragua entera ha vivido atemperada a sus circunstancias, atemperada a su miseria. Nos hemos atemperado, habituado, a los brutales niveles de pobreza que sufren nuestros conciudadanos.

Y nos hemos habituado y atemperado a la impunidad y a la corrupción de nuestros llamados líderes. ¿Y de dónde surge el pragmatismo resignado? ¿De dónde surge esa cultura nicaragüense, esa manera de pensar el poder y la historia? Yo pienso que el pragmatismo resignado tiene una de sus principales raíces en el providencialismo que ha dominado la cultura religiosa nicaragüense. El providencialismo es una visión de la historia que nos lleva a creer que Dios es el que organiza cada movimiento de cada uno de nosotros. Es una manera de ver la vida, en la que Dios es el responsable de lo que le sucede a mi tío, a mí, a Nicaragua como sociedad, a Irak y al resto del mundo. En esa visión de la historia marcada por el providencialismo, Dios, no nosotros, es el regulador, el administrador, el auditor de todo lo que sucede en la historia.

Algunos teólogos diferencian entre lo que es el providencialismo meticuloso y el providencialismo general. Y afirman que en algunas sociedades prevalece el meticuloso y que en otras transformaron el meticuloso en general. Providencialismo meticuloso es pensar que Dios está a cargo de todo: de la lluvia y de la sequía, del cáncer que aparece y del que se cura y del rumbo de cada huracán. Dentro del providencialismo general, hay quienes afirman que Dios creó el mundo y que después nos dejó solos, mientras que otros dicen que actúa de vez en cuando. En el providencialismo general hay siempre espacios para la libertad.

Yo, personalmente, pienso que lo que necesitamos en Nicaragua no es la muerte de Dios sino la transformación de la idea de Dios. Es decir, de lo que se trata en Nicaragua no es de sacar a Dios del juego, sino de movernos del providencialismo meticuloso en el que vivimos para buscar y encontrar el lugar de Dios y el de nuestra libertad. Y en ese camino, si alguien decide ser ateo, que lo sea, pero un ateo serio.

Ser cristianos auténticos nos obliga a reflexionar en la idea de Dios que tenemos personalmente y como sociedad; nos obliga a admitir que hay muchas ideas de Dios, que hay muchas posibilidades para vivir con la idea de lo que llamamos Dios y que algunas ideas son mejores que otras.

Los nicaragüenses hemos trasladado de alguna manera nuestra dependencia mental de un Dios omnipotente que gobierna nuestras vidas a nuestra percepción de las fuerzas que dominan el orden político y económico mundial. Y en especial, al poder transnacional de los Estados Unidos. Y últimamente, y por qué no decirlo, al poder de la cooperación internacional. A la cooperación internacional le hemos trasladado la responsabilidad de medir y resolver nuestra pobreza. Son ellos los responsables de encargarse de la suerte de los más necesitados de nuestro país. Ha sido y es tal el impacto material y cultural que ha tenido en nuestra vida nacional la cooperación internacional que deberíamos promover una discusión a fondo sobre las consecuencias de ese impacto, porque el papel de la cooperación internacional en nuestro país nunca ha sido debatido y analizado críticamente.

Resumamos:

el pragmatismo resignado constituye una forma de pensar la realidad que empuja a los miembros de una sociedad como Nicaragua a asumir que lo políticamente deseable debe subordinarse siempre a lo circunstancialmente posible. Las expresiones políticas del pragmatismo resignado varían en función de los diferentes sectores de nuestra sociedad. En las clases altas se traducen en una actitud de indiferencia ante el fenómeno de la pobreza generalizada que padece la mayoría. Y en las mayorías empobrecidas se traduce en las actitudes de resignación y fatalismo que tienen ante la vida y ante su propia miseria.

¿Y cómo se manifiesta el pragmatismo resignado en la juventud? Aquí tengo más dudas que certezas. Con frecuencia se escucha hablar de la apatía de la juventud nicaragüense actual. Y más específicamente de su apatía política. Una encuesta realizada por la UCA y Ética y Transparencia durante las elecciones municipales de 2004 encontró que el 44% de jóvenes de 16-25 años no ejerció el derecho al voto y sólo un 49% manifestó tener interés en la política. En esa misma encuesta, el 80% de los jóvenes entrevistados expresaron que si tuvieran la oportunidad se irían del país. Otros estudios han explorado el peso que tiene el providencialismo en la juventud. Una encuesta realizada por el grupo CINCO en octubre de 2002 reveló que el 96.8% de los jóvenes entrevistados estaba de acuerdo con la frase: “Dios es algo superior que creó todo y de quien depende todo”. El 98.3% aceptó la frase: “Dios es nuestro padre bondadoso, que nos cuida y nos ama”. El 97.1% coincidió con esta frase: “Dios es el juez supremo, de él dependemos y nos juzgará”. Un 77.6% concordó con esta frase: “Hay fuerzas o energías que no controlamos en el universo, que influyen en la vida de los hombres y mujeres”. Muchos de los resultados de la encuesta de CINCO confirman los resultados de otro estudio realizado por Puntos de Encuentro y publicado en 1997, que mostró que los jóvenes percibían la historia como un proceso dominado por fuerzas que ellos no controlaban. Puntos de Encuentro concluía:

“Desde nuestro punto de vista, lo planteado por los resultados de la encuesta indicaría que la juventud ha pasado de ser una fuerza transformadora y revolucionaria -imagen que prevaleció durante varias generaciones- a ser un grupo poblacional con limitado poder de transformación en los procesos sociales que consideran relevantes”.

Más aún:

los jóvenes y las jóvenes identificaban “el cambio social principalmente con cambios económicos y políticos nacionales. En estos tipos de cambio, e incluso en los culturales y relacionales, tienden a colocarse al margen o como ‘receptores’ de la influencia de esas transformaciones. Y excepcionalmente se identifican como actores o protagonistas de las mismas”.

Confieso que no estoy seguro que eso que llaman la apatía de nuestra juventud sea, necesariamente, un defecto o una deficiencia de los jóvenes y las jóvenes nicaragüenses. El rechazo a la política por parte de la juventud puede ser interpretado como apatía, pero también puede ser interpretado como el inicio de lo que podría llegar a ser un quiebre cultural positivo en nuestro país. La llamada apatía de la juventud puede ser un rechazo a modelos de vida que deben ser rechazados, una muestra de insatisfacción con una sociedad que debe hacernos sentir profundamente insatisfechos. Sería trágico que en vez de esa apatía viéramos a nuestra juventud ansiosa por inscribirse en los partidos políticos que hoy tenemos, siguiendo a los líderes políticos que hoy tenemos. Eso sería peor.

Lo que llamamos la apatía de nuestra juventud puede ser una calamidad para la sociedad nicaragüense o el inicio de una renovación cultural en nuestro país. Colapsaría Nicaragua si el 80% de sus jóvenes abandonaran el país. También colapsaría si sus jóvenes terminaran reproduciendo la cultura del fracaso que heredaron. O si decidieran no hacer nada frente a esa cultura del fracaso. Pero Nicaragua podría renacer si eso que llamamos la apatía de la juventud se convirtiera en el inicio de una búsqueda individual y social de algo que desesperadamente necesitamos en nuestro país: autenticidad. Nicaragua podría renacer si eso que llamamos la apatía de la juventud fuera la manifestación de una necesidad vital, la manifestación de la necesidad de una vida individual y social más auténtica.

De forma clásica se define la autenticidad como la capacidad de vivir en congruencia con nuestros propios principios y convicciones, a pesar de las presiones, fuerzas e influencias externas que nos afectan y que operan en nuestro entorno. Ser auténtico o auténtica es ser honestos y fieles a las propias convicciones. Nicaragua es una sociedad que machaca a diario las convicciones religiosas y políticas que decimos tener, pero no se escandaliza ante la miseria. No puede ser cristiana una sociedad que deja morir de hambre y desnutrición a su prójimo. No es cristiana una sociedad que llora viendo “La Pasión” de Mel Gibson y a la salida del cine no llora ante los chavalitos que estuvieron cuidándole el carro durante horas.

La llamada apatía de la juventud podría ser un rechazo a la mentira social que hemos vivido los nicaragüenses. Y por eso podemos verla como un posible punto de partida para la construcción de una vida social más auténtica.

La autenticidad, algún grado de autenticidad, un poquito de autenticidad, es el punto de partida para dejar de ser veletas de la historia. Es el punto de arranque para desarrollar un pensamiento verdaderamente moderno. La modernidad no es andar un celular. Es un intento y un esfuerzo por asumir el control de nuestra historia.

La búsqueda de una mayor autenticidad no significa que todos y todas tenemos que convertirnos en gente de tal o cuál orientación política. Buscar la autenticidad no significa que todos debemos hacernos más o menos de izquierda o más o menos cristianos o más o menos de derecha o más o menos feministas.

La búsqueda de la autenticidad significa que todos debemos ser más auténticamente de derecha, más auténticamente de izquierda, más auténticamente feministas o anti-feministas o más auténticamente conservadores o liberales. La búsqueda de la autenticidad significa abandonar esa insoportable levedad del ser social y político de los nicaragüenses. Dejar de ser nicaragüenses “light” para asumir nuestras responsabilidades individuales y sociales con seriedad. Ése es el reto.

Buscar la autenticidad es un proceso que implica la transformación individual y la transformación social. No se trata solamente de transformarnos como individuos. La verdadera autenticidad nos lleva obligatoriamente a lo social. Las identidades se construyen a través del diálogo, nos dice el filósofo Charles Taylor. Somos lo que somos dependiendo de cómo nos relacionamos con los demás. No somos lo que somos en un monólogo, sino a través de un diálogo. La búsqueda de la autenticidad tiene una dimensión personal, individual, que nos conduce a la reflexión, al análisis crítico de lo que decimos, de lo que hacemos. Pero si somos auténticos y queremos serlo, esa reflexión individual nos tiene que llevar al análisis y al tratamiento de lo social.

Imaginemos lo que sería Nicaragua si nuestros jóvenes aprendieran a ser auténticos, a ser liberales de verdad, cristianas de verdad, socialistas de verdad. Imaginemos el choque cultural que eso significaría en un país en donde los políticos liberales o conservadores o socialistas no tienen la menor idea y el menor interés en conocer qué es el liberalismo, el conservatismo o el socialismo. Imaginemos lo que significaría el poder de una juventud dotada del poder de la razón en un país sin razón.

¿Podremos convertir eso que algunos llaman la apatía de la juventud en una fuerza cultural renovadora? ¿Puede el pensamiento y la voluntad política organizada de los jóvenes y las jóvenes nicaragüenses superar nuestra cultura del fracaso y enfrentar y sobrevivir los retos de este incierto siglo XXI? Las perspectivas deterministas y fatalistas de la historia asumen que el peso de nuestra cultura y de nuestras estructuras determinarán inevitablemente el futuro de Nicaragua.

En este sentido, el determinismo es congruente con las visiones pragmáticas resignadas de la historia, ésas que asumen que el papel social de los individuos se limita a actuar y a decidir dentro de los límites impuestos por una lógica trascendente a la voluntad y a la acción política organizada. En el otro extremo están las perspectivas históricas voluntaristas, las que no reconocen los límites estructurales que condicionan y limitan la libertad. Esta posición es tan peligrosa como la fatalista determinista, porque para cambiar la realidad hay que reconocerla primero. Reconocer la realidad y sus límites no para rendirse en homenaje ante ellos, sino para trascenderlos.

Existe una tercera posición: la que aprendí de mi viejo y querido maestro Alberto Guerreiro Ramos, la que acepta la existencia de límites objetivos a la acción humana, admitiendo también la existencia de oportunidades para transformar y ampliar los límites de lo posible. Esta tercera posición nos permite recurrir a una visión de la historia como un proceso que es el resultado de una tensión permanente entre posibilidades objetivas y decisiones humanas. Aunque el rumbo de la historia nicaragüense estaría condicionado por el peso de la cultura que hemos creado y acumulado a través de casi doscientos años de historia, esta tercera perspectiva nos permite reconocer que son actores sociales con capacidad de reflexión y acción, actores como ustedes y como yo, los que constituyen y reproducen las mismas estructuras que nos condicionan.

Desde esta perspectiva es posible asumir que, a partir de la comprensión de los marcos de limitaciones y posibilidades culturales y objetivas dentro de los que opera Nicaragua, los nicaragüenses podemos ampliar los límites de la realidad social y las fronteras de lo políticamente posible. Esta visión de la relación entre el individuo y su realidad estructural rescata el papel que las ideas y el pensamiento político tienen en la constitución de la sociedad y de la historia.

El futuro se construye primero con el pensamiento. La construcción de una Nicaragua auténticamente justa, democrática y moderna comienza con la articulación de ideas, valores y visiones justas, democráticas y modernas. Es lo que nos ha enseñado Luis Enrique Mejía Godoy cuando canta que “para construir el futuro hay que soñarlo primero”.

El objetivo de una Nicaragua diferente, justa, democrática y moderna no puede construirse dentro de una perspectiva utópica que no tome en cuenta las limitaciones históricas dentro de las que se desarrolla la realidad de nuestro país. Pero tampoco puede construirse el futuro de Nicaragua dentro de una orientación fatalista, pragmática resignada, que acepta la historia como un proceso ajeno a nuestra voluntad.

Entre la utopía y el pragmatismo resignado existe el mundo de la realidad, el que se construye socialmente mediante la modificación mental y práctica del marco de limitaciones históricas que definen los límites temporales de lo posible. Éste es el mundo de la acción reflexiva o de la acción orientada por un pensamiento político, que se nutre de la realidad para trascenderla. Desarrollar nuestra capacidad de acción reflexiva es nuestro reto. Éste es el reto de nuestra juventud y el de la Universidad. El desarrollo de nuestra capacidad de acción reflexiva es lo único que puede permitirnos transformar eso que llaman la apatía de la juventud nicaragüense en el inicio de un proceso de renovación cultural.

Si no lo logramos, posiblemente terminaremos haciendo realidad lo que narra Gioconda Belli en “Waslala”, una novela sociológica que pinta la posible Nicaragua del siglo XXI, cuando ya hemos desaparecido como país y el nombre de Nicaragua no tiene ya ninguna connotación ni política ni moral, y somos sólo un territorio utilizado por los países más desarrollados como un depósito de desperdicios radioactivos y un centro de operaciones del narcotráfico. Porque sería un error pensar que podemos seguir viviendo en nuestra cultura del fracaso por toda la eternidad. Sería un error suponer que ya tocamos el fondo del barril y que somos como somos y ya sabemos cómo vamos a ser y cómo vamos a vivir.

Sería un error fatal porque el mundo cambia aceleradamente abriendo nuevos abismos en los que un país sin brújula como Nicaragua puede siempre caer. ¿Cómo evitar terminar convertidos en la Nicaragua que con espanto pinta Gioconda Belli en su Waslala? ¿Cómo iniciar un proceso que nos saque del pantano cultural en que nos encontramos? ¿Cómo desarrollar nuestra capacidad de asombro? ¿Nuestra capacidad de rechazar lo inaceptable? ¿Cómo trascender nuestra cultura del fracaso, nuestro pragmatismo resignado, siendo todas y todos nosotros productos de la misma cultura que necesitamos romper y trascender? Somos enfermos y tenemos al mismo tiempo que actuar como médicos curanderos de nuestra propia enfermedad. Y no hay cosa peor que una enfermedad cultural. Porque las enfermedades culturales ni siquiera nos permiten saber que estamos enfermos. El enfermo mental que dice ser Napoleón piensa que realmente es Napoleón. Y los nicaragüenses -afectados por la cultura del fracaso- somos capaces de pasearnos en nuestras camionetonas por las calles de nuestra derruida Managua creyendo que somos modernos, que avanzamos, sintiéndonos Napoleones en medio de un campo de batalla donde hemos fracasado una y otra vez.

Hoy por hoy, Nicaragua es, de cualquier manera que la analicemos, una de las sociedades más vulnerables e inestables del mundo, con una cultura que nos empuja a reproducir el fracaso que hemos vivido. Con esta cultura, con estos indicadores, con la enorme pobreza que tenemos, hemos entrado a una nueva etapa histórica. El concepto más popular y hasta abusado que se utiliza para hacer referencia a esta nueva etapa, a la nueva tendencia de la que somos parte hoy, es el de “globalización”. La globalización hace referencia a las tendencias que muestran las estructuras políticas, económicas, y hasta culturales, a organizarse transnacionalmente, alrededor de poderes que no son nacionales y ni siquiera son territorializados.

Países como Nicaragua son de los más vulnerables, de los primeros candidatos a sufrir las peores consecuencias de esta nueva etapa histórica. Al terminar cada siglo hemos visto desaparecer y aparecer sociedades políticas. Tenemos que preguntarnos: ¿Será capaz Nicaragua de sobrevivir a este siglo? Yo pienso que es importante desarrollar algo que alguien llamaba “la imaginación del desastre”. Es necesario reconocer que estamos mal, que hemos fracasado. Y que esto puede terminar muy muy mal.

Esto no es derrotismo, es sencillamente reconocer una condición real para hacer algo y para prevenir el posible desastre al que nos vamos a enfrentar en este siglo. La imaginación del desastre es la que tiene un buen piloto. Rehusaríamos subirnos a un avión con un piloto que dice no creer en la posibilidad de un accidente aéreo. Sólo volaríamos con alguien que sabe que los accidentes aéreos forman parte de la realidad diaria y por lo tanto hay que hacer algo para prevenirlos.

¿Cómo salir de la locura en que vivimos? ¿Cómo superar la cultura del fracaso? ¿Como alcanzar la autenticidad que necesitamos? Tal vez reflexionando sobre lo que decimos. Tal vez reflexionando sobre las palabras que usamos para definirnos. Tal vez reflexionando sobre el himno nacional que cantamos y sobre las oraciones que rezamos. Tal vez aceptando una cuota de silencio, algo de soledad diaria. Tal vez sea ése un primer paso.

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