miércoles, julio 12, 2006

"Nuestra juventud es

heredera de un fracaso nacional "I PARTE

Andrés Pérez Baltodano, profesor universitario en Canadá, desde donde piensa a Nicaragua, retó a un grupo de jóvenes en la Universidad Centroamericana de Managua a reflexionar sobre la sociedad fracasada en la que viven y sobre el papel que podrían asumir para transformar su actual apatía política con una autenticidad personal y social que logre cambiar a Nicaragua. Transcribimos la charla ya que merece ser analizada.

Andrés Pérez Baltodano

Pertenezco a una generación que, al igual que las otras generaciones que preceden a la mía, fracasó en la construcción de una Nicaragua justa y digna para todos. Me han invitado a hablar sobre el liderazgo en un cambio cultural, y debo reconocer, de entrada, que no tengo respuestas a la pregunta de cómo transformar Nicaragua o de cómo lograr el necesario cambio cultural que obviamente necesita nuestro país. Hablo desde la perspectiva del fracaso y desde la duda. Tengo preguntas, tengo dudas y algunas ideas que quiero compartirles.

Tengo dudas y tengo preguntas. Pero también tengo la convicción de que es necesario reconocer que, políticamente hablando, los nicaragüenses hemos fracasado. Después de casi doscientos años de vida independiente, Nicaragua es -y hay que decirlo- una caricatura de Estado. Y la Nación nicaragüense es sólo una ficción para los sociólogos e historiadores que escribimos sobre el país. Nicaragua no es una Nación y no es un verdadero Estado. Somos una jurisdicción geográfica habitada por personas que no comparten un horizonte de aspiraciones comunes y, por lo tanto, que no comparten una identidad política nacional. Nos gusta la misma comida y cantamos las mismas canciones, pero no somos una comunidad de derechos y obligaciones compartidas, no somos una comunidad con aspiraciones y memorias colectivas compartidas.

Hemos fracasado en la construcción de una nación y de un Estado. Somos un enorme campamento en donde habitan millones de permanentes damnificados que viven con menos de un dólar al día.

Somos un remedo de Estado en donde las instituciones públicas son tan auténticas como los edificios que las albergan. Como ese nuevo edificio del Consejo Supremo Electoral, que es una inmensa pared que intenta dignificar y elevar la estatura simbólica de lo que todos sabemos -o algunos recordamos- es el viejo edificio de Sears. O como la Catedral, un edificio que no tiene nada que ver con el sentido estético nicaragüense o con la tradicional arquitectura cristiana, pero ¿qué le íbamos a reclamar al empresario dueño de la pizzería estadounidense que la pagó y que estableció como condición para donar el dinero que él decidiría su diseño? O como la Casa Presidencial, donada por Taiwán y pintada con colores del mediterráneo para satisfacer el capricho de una ex-primera dama que acababa de regresar de su costoso viaje por Italia. En ese edificio despacha nuestro Presidente, un hombre extraño, con una mirada y una sonrisa extraña, que se define públicamente como medio alemán cuando trata de explicar el origen de lo que él considera son sus virtudes, lo que significa que todos sus defectos son nicas. Ese Presidente le habla a su pueblo, el segundo más desnutrido del continente americano, desde un podio que es una mala imitación del que usa el Presidente Bush en Washington, y le habla desde la comodidad de su megasalario y de su adorada pensión vitalicia.

Ésta es Nicaragua, un país que una prestigiosa revista británica describió hace algunos años como “un país inverosímil”. Ése es el país nuestro, el país de ustedes y el país mío. Este país fue descrito en 1891 por Jeffrey Roche, un viajero europeo, como un pueblo “ingobernable, revolucionario, sin energías para grandes vicios o para grandes virtudes”. Yo leo y releo esta odiosa caracterización y me pregunto cuándo vamos a ser capaces de desmentirla. Señalo y remarco nuestro fracaso con dolor porque soy nicaragüense. Lo remarco, porque al igual que lo que sucede con los alcohólicos, el reconocimiento de nuestra condición real es el necesario punto de partida para iniciar nuestra recuperación cultural, material y moral. Reconocer nuestro fracaso o vivir como los alcohólicos que se niegan a reconocer su condición: ésa es nuestra disyuntiva.

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