jueves, julio 06, 2006

TENSIÓN EN EL PARALELO 38

Diplomacia a la Coreana

Las pruebas con misiles reflejan lo poco que confía Pyongyang en desbloquear su relación con EE.UU.

RAFAEL Bueno

Profesor de Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid.

El lanzamiento de seis misiles el día de la conmemoración del 230 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos de América y de otro más ayer, entre ellos un misil balístico de alcance intercontinental, el Taepodong-2, representa un nuevo intento del régimen de Pyongyang de atraer la atención de la comunidad internacional sobre una situación de inestabilidad como la que vive la península coreana que no debería prolongarse eternamente.

La desinformación y la información malintencionada hacen que cualquier análisis que pretenda abordar lo que sucede al norte del paralelo 38 resulte la mayor parte del tiempo pura especulación, donde las preguntas quedan muchas veces sin respuestas objetivas.

En cualquier caso, en todo lo referente a Corea del Norte siempre es necesario hacer una lectura tanto interna como externa. A pesar de la gravedad de la acción, conviene señalar que el ensayo de misiles no viola ningún acuerdo internacional y que la decisión de abandonar la moratoria sobre tales prácticas que tomó el régimen de Pyongyang en el 2002 es tan respetable como comprensible, por supuesto desde la perspectiva de un régimen que lleva más de medio siglo aislado y en estado técnico de guerra contra su vecino-hermano y contra la superpotencia mundial, Estados Unidos. Otra cuestión es si la política seguida desde la fundación de la República Democrática Popular de Corea, en 1948, ha sido justa y correcta para su pueblo y la más acertada para conseguir el objetivo prioritario de la reunificación de la península.

A la hora de entender la posición de Corea del Norte en el mundo actual conviene recordar que Pyongyang es uno de los tres integrantes del llamado eje del mal, junto a Irak e Irán, y que, por lo tanto, todo lo que suceda en ambos países es seguido muy de cerca por los norcoreanos. En la memoria colectiva permanece grabado todavía cómo Irak fue invadido por considerarse que podía tener armas de destrucción masiva. Desde entonces, la República Islámica de Irán ha pasado a ser el centro de las preocupaciones de Washington y sus aliados a causa de su programa nuclear, mucho mejor gestionado, por otra parte, desde Teherán que desde Pyongyang, que lleva años anunciando que ya tiene suficiente material para fabricar un armamento nuclear capaz de alcanzar a Estados Unidos, aunque nadie está en disposición de demostrar con pruebas que el último Estado estalinista tiene la tecnología necesaria para poder introducir esas cabezas nucleares en unos misiles balísticos preparados para alcanzar el objetivo deseado.

SIN LUGAR a dudas, después de este último ensayo todavía existen menos dudas sobre lo lejos que están estas armas de ser una amenaza real para Washington en su propio territorio, no así para sus tropas estacionadas en Asia y sobre todo para Tokio y Seúl, donde tecnología menos sofisticada podría hacer un daño irreparable en caso de que se produjese la tan temida confrontación militar. Tampoco conviene pasar por alto que, en primer lugar, este ensayo se está preparando desde mediados de junio, y desde entonces los satélites estadounidenses y japoneses han seguido minuciosamente dicho proceso, con las consiguientes amenazas mutuas.

En segundo término, hay que tener en cuenta que este despliegue propagandístico se inició justo antes de que Estados Unidos condujese uno de los ejercicios militares más importantes llevados a cabo en el Pacifico en décadas, adonde americanos, japoneses y surcoreanos desplazaron 3 portaviones, 30 barcos de guerra, 280 aviones y unos 22.000 soldados. Hay que destacar, además, el papel de China, invitada por primera vez como observadora de esta espectacular maniobra. A Corea del Norte tan solo le queda China como amiga, y siempre circunstancial, ya que Pekín tiene su propia agenda, y en ella la relación con Occidente ocupa un lugar mucho más destacado que la que mantiene con un régimen que lleva años luchando para evitar su propio colapso. En cualquier caso, la influencia china es mayor de lo que los propios chinos quieren admitir, pero también menor de lo que los occidentales tienden a pensar.

CON ESTE ensayo, Kim Jong-Il ha decidido, de nuevo, jugar a la diplomacia con características norcoreanas: los titulares de los medios de comunicación internacionales vuelven a hablar de un Estado "aislado" y "amenazado", pero lo ocurrido refleja también la desesperanza que manifiesta el régimen al tratar con la Administración estadounidense, que no ha conseguido desbloquear temas pendientes, como los referentes a los programas nucleares y las conversaciones a seis bandas entre las potencias más afectadas y la propia Corea del Norte, paralizadas desde el verano del 2005. Al mismo tiempo, el líder norcoreano ha intentado reforzar a sus valedores en el poder, los militares, recordando que, a pesar de las pequeñas aunque constantes reformas económicas, Corea del Norte es, ante todo, un Estado militar en guerra con el mundo.

Los chinos dicen que en toda crisis siempre hay oportunidades. Tal vez Kim Jong-Il, con esta medida, solo busque generar oportunidades que pongan fin a una situación cada vez más insostenible tanto dentro como fuera de la propia Corea del Norte. Sin embargo, la interpretación que se haga desde el exterior de esta nueva crisis servirá para acercar más a Seúl y Pekín, pero también a Tokio con Washington, donde la posición respecto a Pyongyang será más dura a medida que sus contenciosos con Irak e Irán se vayan despejando.

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