domingo, agosto 20, 2006

Perrozompopo y Luis Enrique se echaron al público en el bolsillo

Por Elvis Martínez
Ramón Mejía (Perrozompopo) y Luis Enrique Mejía se echaron en el bolsillo al público costarricense y nicas residentes durante los dos conciertos ofrecidos en el Jazz Café, en San José, Costa Rica. Iniciaron puntualmente con canciones un poco conocidas, pero conforme avanzó la noche los bohemios coreaban el género de la salsa al igual que las canciones del Perrozompopo que cuenta con un importante grupo de seguidores en ese país. Una hora antes de iniciarse el concierto el local estaba repleto.

Durante el concierto del viernes se hicieron presente en su mayoría nicaragüenses residentes en Costa Rica, mientras que en el conciertazo del sábado había un público variado de todas las edades, tanto ticos como nicaragüenses. Perrozompopo sin duda alguna mostró su talento y conquistó a un público nuevo con su innovadora propuesta musical.

Al fondo del local, por cierto muy pequeño para un espectáculo de esta categoría, había un grupo de señoras que hacían repetidas barras a los artistas, las cuales no dejaban escuchar el recital. Un aspecto muy importante fue que durante el concierto no se permitió fumar.

La música del Perro (como cariñosamente se le llama) tuvo gran aceptación; una muestra de ello fue la larga fila de gente que le pedían firmar el disco comprado durante esa noche.Parece que al Perro le espera la miel del éxito a este lado del río y quien sabe, quizá lo veremos como en Europa en grandes escenarios Internacionales.

jueves, agosto 17, 2006

Convivencia: allí donde la paz es posible

Doble identidad frente a un conflicto

Cerca de Haifa y a escasos metros del alambrado de seguridad que separa Israel de Cisjordania, el pedagogo árabe israelí Said Arda dirige un exitoso programa de coexistencia pacífica entre la aldea árabe Meiser y el kibutz Metzer

Enviado por Melody Martínez Escrito por Guillermo Lipis

MEISER, ISRAEL

.- Said Arda rompe el molde del estereotipo que desde Occidente se tiene de los árabes. Con 45 años, casado con una alemana cristiana con la que tienen 4 hijos, este confeso elector de Ehud Olmert viste como un occidental y dirige el Departamento de Educación no Formal de la Municipalidad Regional Menashé, la única en Israel donde las relaciones entre árabes y judíos están definidas como perfectas. Said Arda es también licenciado en Asistencia Social, por la Universidad Hebrea de Jerusalén, y codirector (por parte de la aldea árabe donde vive, Meiser) del Proyecto de Coexistencia Pacífica entre Meiser y el kibutz Metzer, donde árabes y judíos demuestran al mundo -pero, fundamentalmente, a la región violenta donde habitan- que la paz y la convivencia son posibles. Incluso en medio de este infierno desatado al que nadie, por ahora, parece querer, o poder, ponerle fin.

"Este proyecto tuvo su origen en una catástrofe -cuenta Arda-. El 10 de noviembre de 2002, un terrorista se infiltró en el kibutz Metzer (fundado en 1953 por argentinos alineados con las ideas socialistas del movimiento Hashomer Hatzair) y asesinó a mansalva a cinco personas (entre ellas a dos niños de 4 y 5 años). El terrorista sabía dónde atacaba porque el clima de convivencia entre Meiser y Metzer ya era conocido en todo Israel. Quisieron arruinar nuestra convivencia y demostrar que árabes y judíos no pueden vivir en paz. Pero no lo lograron", afirma Arda con algún tono de satisfacción en sus palabras.

Said nos invita a pasar a su casa donde aún cuelgan, al frente, las banderas de Brasil y Alemania, las dos selecciones preferidas por los árabes israelíes durane el último Mundial de fútbol.

¿Lo hubieran recibido al terrorista en su aldea?

-No, definitivamente no, creo que él lo sabía y por eso ni siquiera intentó cruzar hasta aquí. Cuando escuchamos los tiros nos encerramos en nuestras casas porque entendíamos que algo malo estaba pasando en el kibutz. Al rato de sucedida la tragedia, recibí una llamada de una amiga de Metzer que me preguntaba si en Meiser estábamos bien. ¡Ellos sufrieron el atentado y preguntaban si nosotros estábamos bien! Casi toda nuestra aldea estuvo en los funerales. Nuestro Proyecto de Coexistencia Pacífica no va a cambiar la situación general, pero mostramos una alternativa diferente y posible que, paradójicamente, se fortaleció con la tragedia. "¿Qué cree que soy yo?", pregunta tomando el lugar del entrevistador, frente a una taza de un café preparado al mejor estilo árabe.

- No sé, vine sin prejuicios.

-Como buen educador me gusta responder con preguntas. Cuando alguien me pregunta cómo soy, respondo con una pregunta: "¿Vos, cómo crees que soy?". Yo me defino como palestino israelí, y también israelí palestino. También soy árabe y soy musulmán. Desde el momento en que Israel se definió como un Estado judío, declaró que los árabes no le pertenecen ciento por ciento, y eso forma parte del sentimiento personal de los árabes israelíes: no nos sentimos plenamente identificados con Israel.

- ¿Y se siente cómodo con esa definición?

-No, pero es verdadera. Es mucho más fácil cuando una persona dispone de una sola identidad y no tiene que estar haciendo equilibrio todo el tiempo. Hay muchísimas causas por las que me considero palestino, y muchísimas otras por las que me considero israelí.

- ¿Podría definir algunas?

-Seguro. Yo nací de padres palestinos que nacieron en los años veinte del siglo veinte, cuando acá no existía el Estado de Israel. Ellos nacieron en Palestina, en Meiser, antes de 1948 (año de la creación del Estado de Israel). Si usted nació de padres argentinos, es argentino; yo nací de padres palestinos, por eso soy palestino. - ¿Por qué se considera israelí entonces? -Porque nací en los años 60, cuando Israel ya existía. Estudié aquí, me capacité dentro de la sociedad israelí, y ni siquiera se me ocurre abandonar este país porque pertenezco aquí. Esta es mi parte israelí.

-Cuando hubo situaciones conflictivas como las intifadas, ¿cómo funcionaron esa parte palestina y esa otra israelí?

-Mi corazón tiene una profunda identificación con el lado palestino porque es mi pueblo. Sin embargo, yo vivo en un Estado que mantiene un conflicto continuo con mi pueblo y mantengo relaciones con esa gente en Israel porque son mis amigos y los quiero. Este es el juego permanente. En términos generales apoyo la lucha del pueblo palestino, pero, por otro lado, no quiero que el Estado de Israel sea exterminado.

-¿Sintió alguna discriminación en Israel en algún momento? ¿Fue eso lo que lo llevó a avanzar en el Proyecto de Coexistencia Pacífica con el kibutz Metzer?

- No, nunca me sentí discriminado. Pero sé que eso existe, si no es conmigo es con alguien a mi alrededor. Se percibe en las cosas más simples. Si voy con un judío a buscar trabajo, por ejemplo, van a elegir automáticamente al judío. Pero a mi no me tocó, ni siquiera de niño.

--Cuando se produjeron conflictos bélicos como la Guerra de los seis días, en 1967, o la Yom Kippur, en 1973, ¿cómo recuerda que le tocó afrontar esas situaciones desde la mirada de un niño árabe israelí?

- En el 67 no entendía lo que estaba pasando, yo sabía que me tenía que esconder. Mi papá cavó una zanja en la que nos escondíamos cuando había guerra, pero no entendía que era un tema vinculado a un problema entre árabes y judíos. En el 73 yo sentía, y sabía, que todo mi entorno quería que los árabes ganaran la guerra porque había que liberar los territorios conquistados en el 67.

-¿Y su sentimiento cómo se expresaba?

-Yo quería que los árabes ganasen porque me parecía importante que recuperaran el orgullo perdido en la Guerra de los seis días y, sobre ese equilibrio del orgullo recuperado, tratar de arreglar la situación. Otra vez el equilibrio permanente, ¿no? Nunca deseé la destrucción de Israel, sólo pensaba que sería bueno, en el 73, que los árabes ganaran la guerra.

Como hermanos

La aldea Meiser y el kibutz Metzer están separados por un camino y un tupido campo de algodón. Son casi un pueblo único y chico pero separado, desde aquel atentado de 2002, por un alambrado que trata de preservar la seguridad del kibutz. El lugar -con edificaciones de piedra tradicional amarilla- podría compararse con un pequeño paraje del norte argentino.

En el centro del poblado está lo que Said denomina risueñamente el "central park": una prolija y florida plazoleta de no más de 5 o 6 metros de diámetro frente a la mezquita y el centro de salud de la aldea, donde todos lo saludan a él y también a Alberto Mazor, nuestro guía, un judío israelí de origen argentino, habitante del kibutz, y coequiper de Said en el Proyecto de Coexistencia Pacífica.

Mientras Said exhibe orgulloso la mezquita y afirma que "con Alberto somos como hermanos", una pequeña nube de chicos nos rodea y pasa raudamente hacia la cancha de fútbol donde el mundo se reduce a la pasión por la pelota, como en cualquier ciudad del planeta, lejos de los conflictos armados por los adultos.

-¿Qué siente cuando escucha que hubo un atentado en un mercado?

-Definitivamente, es un obstáculo que empeora la situación. La violencia no soluciona ninguno de los problemas de la región. En la guerra del Líbano, del 82, veía cómo se contaban los cuerpos de los soldados israelíes muertos y pensaba que el soldado no tiene la culpa de estar allá combatiendo. Puedo entender las causas por las cuales se producen atentados en Israel, pero de ninguna manera las acepto. No estoy en contra de la lucha de los palestinos contra los israelíes porque pelean por su libertad, pero la actual guerra es definitivamente detestable.

-¿El pueblo palestino podría luchar de otro modo para lograr su propio Estado?

-La obligación primordial la tienen los fuertes, y en este caso es Israel. Eso de que uno mata acá y otro mata allá no arregla nada. Pero el fuerte es el que debe tomar la iniciativa de distensión.

-¿Qué significó Arafat para usted?

-Lo valoré mucho como líder palestino. Creo que si Israel le hubiera dado el respeto que se merecía ya tendríamos paz. Desde el momento en que Israel dejó de respetarlo, las negociaciones estuvieron destinadas al fracaso. Algunos israelíes no entienden que el idioma de la fuerza no consigue nada.

-¿Y los palestinos lo entienden?

-No, tampoco. Cuando se ofende al símbolo de un pueblo, no existen chances para sentarse a dialogar porque hay un obstáculo previo que impide abordar el verdadero problema.

- ¿Cómo vive este cuadro de guerra renovada?

-No es la primera vez que me toca vivir una situación bélica, entre árabes y judíos, en la que el frente está en la retaguardia. Ya nos pasó con la primera guerra del Golfo cuando, igual que ahora, los cohetes no diferencian entre árabes y judíos o entre culpables e inocentes. Esta es la verdadera barbaridad de la guerra. Mi sentimiento sigue siendo ambivalente: siento pena y dolor por todas las víctimas inocentes y por los damnificados tanto del Líbano como de Gaza o Israel. Allá y aquí, millares debieron abandonar sus hogares y sus bienes sin saber si los recuperarán a causa de los bombardeos. Esto es muy penoso y no contribuye a solucionar nada; sólo empeora el problema.

- ¿Siente a los tres soldados israelíes secuestrados como propios?

-Siento lástima por su sufrimiento y el de sus familias; pero no es un sentimiento especial o diferente de la pena que siento hacia cualquier otro preso político en Israel. Si el sentido de la pregunta es si ellos me representan: no, de ninguna forma. Si pudiera preguntarles si estaban allí, donde fueron capturados, para defenderme o defender a mi familia o a mi aldea, difícilmente hubiera obtenido una respuesta afirmativa. Creo que ni siquiera entenderían la pregunta.

- ¿Ha debido modificar su vida a partir del agravamiento de la violencia?

-De ninguna manera. La coexistencia pacífica, de igual a igual, entre gente de pueblos diferentes es la única solución posible al problema; si eso lo entendieran todos los dirigentes políticos y religiosos, hace rato que viviríamos en paz. Ahora mismo dirijo la Colonia de Vacaciones Menashé para la Paz para niños árabes y judíos de las poblaciones vecinas, organizada por la Municipalidad Regional Menashé, a la cual hemos traído también a niños de poblaciones árabes y judías que están siendo bombardeadas en este instante. Como educador afirmo que cuando los niños -todos los niños- sonríen y se sienten amparados, entonces dimos un paso más hacia la paz. Y yo trabajo para eso.

¿Siente que la condición árabe israelí le permitiría a usted o a otra persona mediar en esta guerra?

-Suena un poco ambicioso, ¿no? La gran mayoría de la población de Israel, tanto judía como árabe, no influye directamente en las soluciones del conflicto. Puedo decir lo que pienso, y tal vez influir mínimamente a través de mis actos, pero ningún dirigente vendrá a mi aldea a preguntarnos qué opinamos.
 
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