POR Delber
BermúdezEn las campañas electorales, nuestros políticos criollos juran un amor incondicional a la patria, brincan, gritan, lloran, hacen demagogia, y llenan de alegría a todo a su alrededor en las plazas públicas. Pero, como un gran número de cosas en este mundo son pasajeras y engañosas, una vez que logran hacerse del poder, terminan mostrando su horrible y cruel cara.
Sus acciones (sus fatuas caras) no son más que la realidad de las cosas mismas. ¿Y por qué? Curiosamente ocurre lo que muy a menudo sucede con quienes obstentan el poder obtenido através de patrañas y a costa del pueblo: pasados unos días o meses en el poder, empieza a salir una especie de hechizo que transforma, casi todo, en malas noticias de aquéllas que llamaría Martínez en su tesis de Comunicación Política "Noticias del perro guardián". En otras palabras, a estos politiqueros les sucede la maldición del famoso rey Midas. Primero hacen favores a muchos de esos dioses de las alturas de la fama, el poder y del despilfarro, quienes comúnmente dan sus prometidas recompensas a los mortales de acá abajo. Solamente que, esos mortales son ambiciosos a más no poder y siempre desean más.
Y replican con voces fuertes: “mi dios, deseo que todo lo que toque se convierta en oro”. Pero aquí esta el problema; la historia cambia en un sentido curioso, ya no es oro lo que se consigue; mas bien, todo lo que tocan se convierte en corrupción y más corrupción. Desde las ramas de los árboles, hasta la mascota de casa, desde los criados hasta los amigos, desde los ricos hasta los miserables. Todo en las cúpulas del gobierno se convierte en corrupción, aún cuando en el pueblo clama por un mejor bienestar social.
Nota: En la mitología griega, Midas era rey de Frigia, e hijo de Gordius. Por su hospitalidad con Sileno, Dioniso le otorgó el poder de convertir en oro todo cuanto tocara. Viendo que no podía comer los alimentos, los cuales a su contacto quedaban transformados en el preciado metal, pidió al dios que le liberara de su don, para lo cual tuvo que bañarse en el río Pactolo, que desde entonces contuvo arenas auríferas.

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